Episodio 2 (el hambre)
Para tranquilidad de amigos y familiares les digo que no estoy pasando mayores necesidades, a no ser un poco de hambre: los lomitos al verdeo, las supremas de pollo al roquefort y los niños envueltos con panceta ya forman parte de un paraíso perdido, y no sólo no recuerdo aquellos sabores, sino que si tuviera semejante manjares delante de mí no sabría qué hacer con ellos, ya que hasta creo haber perdido el hábito de la masticación.
Anoche tuve un sueño horrible, que atribuyo a mi fijación lazarillotormesca por alimentarme: soñé que me comía a la gorda dueña del inquilinato. Me encontraba en la diminuta cocina tratando de alcanzar un sándwich esquivo de los arrabales de la heladera, cuando ella entraba envuelta en una toalla que dejaba chorrear su carne por todos los espacios vacíos, y se dirigía hacia mí presionando esforzadamente con una de sus caderas la mesada y con la otra la pared. Comencé a retroceder, aunque era inminente mi muerte por aplastamiento, porque no detenía su marcha y yo ya había agotado los dos metros que separan una punta de la otra y ahora me encontraba de espaldas pegado al armario que está al final. Pero la gorda se detuvo en el lugar que la física le permitió, adhirió todo su ser al mío y comenzó a dar el discurso de bienvenida que hace siempre a cada huésped nuevo que llega, sólo que ahora mostraba un costado más sincero y revelador:
-Tu habitación va a ser compartida con tres personas más, siempre y cuando no me agarre un ataque de codicia, que en ese caso subalquilaría la mitad de tu cama. Tenés aire acondicionado en todos los ambientes, o sea que hay dos aires acondicionados, pero no sé para qué te digo esto si vos vas a estar en uno solo, porque nadie puede ocupar dos lugares al mismo tiempo. Podés usar la cocina y los utensilios cuando vos quieras, pero eso si las cucarachas dejan algo sin mancillar -o mejor dicho dejan algo- porque la otra noche, sin ir más lejos, sorprendí a siete u ocho de ellas que se estaban llevando una taza. Eso por un lado tiene sus ventajas, porque quiere decir que están por abandonar esta casa para construirse la propia e independizarse. Tenemos internet para que dispongas de ella gratuitamente, si bien es cierto que no hay computadora… la tuve que vender porque… no viene al caso el por qué la tuve que vender, después de todo la computadora no era mía, sino de un ex inquilino que estaba acá el mes pasado y me dijo si no se la podía tener hasta que él se pudiera instalar en otro lado. Y acá podés dejar las cosas tranquilo que nadie va a dejar de tocarlo: todo lo comestible que quieras guardar, si es que la gata no se lo come antes, te lo hace desaparecer alguno de los otros inquilinos o yo misma me encargo.
La gorda seguía y seguía hablando y yo me desesperaba, porque estaba obstaculizando el camino al sándwich. Entonces, como si fuera un niño de primer grado que con vos temblorosa responde la pregunta que los demás ignoran o pide para ir al baño porque se está haciendo pis, dije:
-¿Rosa, no me permitiría que comiera un poco de usted?
-Eso no entra en los $350 que tenés que pagar por mes, pero que quede como una excepción y que no se repita -y mientras decía esto dos espantosos murciélagos egresaban de la campana del extractor, se llegaban hasta la gorda y le quitaban delicadamente la toalla. Después hicieron mutis por el lugar donde habían salido.
Entonces le entré a masticar las pechugas, que es lo que más me tienta del pollo y de las damas, pero también era lo que más a diente tenía.
Después de realizar con la mandíbula tres movimientos de Pac-Man hice desaparecer la primera teta y ella me preguntó:
-¿Estaba rica?
-Un poquito desabrida.
-Es que recién acabo de bañarme –y ahí nomás chasqueó los dedos y una araña bajó del techo con un frasquito de chimichurri, que enseguida tomó y comenzó a untarse por todo el cuerpo. Por lo tanto esto era una invitación para que la siguiera comiendo, así que sin pedirle permiso arremetí con el otro pecho, luego con los muslos, las piernas y los brazos. Ella, a todo esto, no paraba de darme conversación y cuando quise acordar ya no quedaba sino la boca parlante.
-Cuando ninguno de los otros ocho esté en el baño, vos podés ir tranquilo. Ahí nunca vas a encontrar jabón, ni papel higiénico, pero sí podés disponer del cepillo de dientes comunitario.
Mitad de vicio y mitad porque ya no la soportaba más, tomé con el pulgar e índice el bocado que quedaba en el inmundo piso y me lo tragué sin ninguna mordida previa.
Después de semejante banquete sentí deseos de manifestar mi satisfacción con un lógico provechito, pero el sonido que reprodujo mi interior fue la voz de la gorda que dijo:
-La ropa que laves la tenés que colgar en el tendedero que está pegado a la salida de aire de la cocina, así que cuando alguien haga un bife se te va a llenar de olor.
Lejos de preocuparme, encontraba ventajosa la situación, porque veía la posibilidad de llenarme de dinero y fama en Capital: me sentaría con una muñeca gorda en Florida y Lavalle y haría un show de ventrílocuo con chistes estúpidos, luego me vería un productor de la televisión y me contrataría con la condición de que bajara el nivel de los chistes…
Y ahí fue cuando me desperté sobresaltado por el ruido de mis tripas, y con la frustración de saber que el único trabajo posible que vislumbro hasta ahora es envolverme en una sábana y hacer de estatua viviente de Mahatma Gandhi, pero para ello tendría que aumentar tres kilos.
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